“No, si me subo y hago papelones me va a capar con un alicate”, pensás, y te quedás pancho en tu silla esperando que Marta Argerich la corte con el metal. Pasan seis horas y seguís ahí. Te quedás dormido, y por atrás tuyo pasa Lerner con el culo al aire y no lo ves. Cuando te despertás estás haciendo cucharita con el linyera de la escalera y, en represalia con vos mismo, decidís inmolarte robándote un auto y estrellándolo contra un Banco Francés. Te morís. Sos un gil.
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