“Yo me mando, total esto es cualquiera”, pensás. Te subís al escenario, le ponés un coscorrón al violero, le zarpás la guitarra y te ponés a hacer un solo digno de un Satriani con colitis. En eso te ve Martha Argerich y te abaraja: “¿Dónde vas, pendejo”?, y refuerza sus palabras con un cadenazo en la encía. “Uh, te re zarpaste”, le decís, y te bajás del escenario con el rabo entre las piernas. La gente te mira mal y vos no sabés qué hacer. ¿Huís o les hacés frente?
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